Mi fiel amiga

CANDELA DUATO LLUQUET.- Tengo una compañera a la que adoro. Es mi medicina. Me ha acompañado todos estos años. Es capaz de hacerte sentir cualquier cosa, si sabes apreciarla claro. Es compañera de viajes eternos, emociones y sentimientos, gritos, bailes, madrugadas trabajadoras, autobús… Cuando no puedo dormir está ahí, cuando me voy a hacer deporte, me voy con ella. Siempre ha estado conmigo.

Desde que me suena el despertador, ya estoy con ella. Desayuno con ella. Incluso me ducho con ella. En el coche también va conmigo, aunque a veces no le hago mucho caso, puede ser hasta peligrosa. Pero sobre todo está conmigo cuando tengo momentos peliculeros (no me refiero a momentos tipo Bridget Jones comiendo helado depresiva máxima, que quede claro). Hace que me meta todavía más en el papel. A veces incluso me hace llorar. No digo que sea la culpable de que llore, simplemente que hace que tenga los sentimientos a flor de piel. También consigue hacerme sonreír, claro. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy con ella puedo percibir cualquier sensación y sentirme capaz de lo que sea, incluso de volar. – Y sin tomar Red Bull, que te da alas (o eso dicen) – .

Es cierto que ha habido momentos en los que no he estado con ella (obvio). Pero siempre la he tenido en mente y he pensado en ella de una manera u otra.

El caso es que me he dado cuenta de que la he infravalorado todos estos años. Porque sí, he pensado en ella, pero no en qué haría si ella no estuviese en todos los momentos que la he necesitado. Hasta ahora. Hace dos días iba con ella hacia la universidad haciendo un poco el tonto. Cantando mientras caminaba. Parecía un día normal y la tarde fue como siempre. Nada destacable. En el último descanso la dejé en el aula mientras yo salía a tomarme un café. Al volver, ya no estaba. Me volví como loca buscándola en todas partes, aunque estaba segura de que había bajado con ella a la universidad. Busqué y busqué y nada. La había perdido. Estos días he intentado sustituirla, o recurrir a ella con la radio del móvil, pero no es lo mismo. La echo de menos y me he dado cuenta de que creo en lo que llaman la musicoterapia. De lo imprescindible que es en mi vida y en mi día a día. Admito que no debería haberla abandonado, pero no pensé que nadie fuese capaz de quitármela. Pero sí. Resulta que a alguien le gusta ella tanto como a mí. Me he quedado sin mi querido y fiel mp3, y sin mi fiel amiga la música.

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